Por Leidy Calderón Araujo
1. ¿Cómo surge el lenguaje metafórico en su proceso de escritura? ¿Lo asume como una búsqueda consciente para definir el universo de La vida es otra cosa o emerge de manera orgánica mientras construye a los personajes y sus realidades?
Mis textos literarios nacen de la compulsión de sacar de mi mente algo que me mortifica, sea de orden social o individual. Es una necesidad de recomponer el mundo que me toca vivir con sus grandes errores y también con momentos luminosos que sirven de equilibrio para la sobrevivencia. No hago apuntes; llega un momento en que necesito escribir y entonces paso días tecleando hasta que termino. En este sentido, las metáforas se dan de manera espontánea, como si fueran la necesaria vestimenta que sostiene a los personajes.
2. Más allá del valor estético o de adorno que tradicionalmente se le da a la retórica, en su novela la metáfora parece una herramienta fundamental para que los personajes asimilen su entorno. Desde su perspectiva, ¿cree que el lenguaje figurado nos permite entender realidades que el lenguaje directo o literal no alcanza a nombrar?
El lenguaje figurado es el camino más corto y amplio —aunque parezca contradictorio— para comunicarse en el ámbito de los sentimientos. Respecto a las capacidades del lenguaje directo y del figurado como herramientas de conocimiento, el directo ha ido precisando su comunicación lógica basada en la razón y en estructuras matemáticas de análisis; por otro lado, el conocimiento emocional es capaz de captar la realidad de manera inmediata, en su diversidad y totalidad.
3. La vida es otra cosa dialoga constantemente con el pulso social, cultural e histórico de la República Dominicana. ¿De qué manera esa realidad dominicana (con sus silencios, traumas o identidades) moldeó el tipo de imágenes, símbolos y giros lingüísticos que habitan en la obra?
La realidad dominicana que se produce desde la Segunda Intervención Norteamericana en 1916, y el ascenso paulatino de gobiernos neoliberales tras el ajusticiamiento de Trujillo en 1961, constituye el gran argumento de la novela.
4. A lo largo de los años, ¿ha descubierto interpretaciones de la novela por parte de la crítica o de los lectores que hayan resignificado el sentido original que usted plasmó? ¿Hubo alguna lectura de su lenguaje que le resultara inesperada?
Naturalmente que sí, lo que me llena de satisfacción. El lector es el otro autor. En la medida en que un texto tiene diversas interpretaciones, se vuelve más rico. Cada lector posee su intrahistoria y es a través de esas experiencias únicas que las palabras lo remitirán a cosas distintas; por ejemplo, según quien lea, la palabra rojo puede «sentirse» como amor, sangre, un equipo de pelota, el cielo al amanecer o incluso el letrero de Coca-Cola.
5. Hay zonas de la novela donde el lenguaje se vuelve intensamente lírico y sugerente, y otras donde es sumamente crudo. ¿Cómo manejó ese balance estilístico para evitar que la densidad de las metáforas opacara la crudeza de la historia que quería contar?
Eso no fue planificado. La vida es así.
6. En su obra, la memoria (individual y colectiva) es un eje central. ¿Qué desafíos estilísticos le implicó traducir los recuerdos y la psicología de sus personajes a un lenguaje tan cargado de simbolismo?
Comencé a hacer garabatos desde los seis años, producto de la temprana alfabetización a la que me sometió mi bisabuelo, Salvador Otero Nolasco, para que no lo molestara. Los desafíos estilísticos fueron apareciendo a lo largo de mi vida con mi padre, que era escritor, en las conversaciones cultas de mis tías abuelas y en el lenguaje rampante del servicio. De la misma manera me encantaban Las cuatro estaciones de Vivaldi y Baja y tapa la olla de Los Compadres, La Odisea de Homero y las mil novelitas de Corín Tellado. Nunca veo mis escritos como desafíos, sino como un placer: la satisfacción de decir lo que quieres decir. Quizás la respuesta sea esta frase, popular en tiempos de mi bisabuelo, que siempre me hace sonreír: «Nació poeta».
7. Cuando un lector se sumerge en la atmósfera de La vida es otra cosa, ¿qué tipo de experiencia sensorial o emocional le interesaba provocar a través del ritmo y de las imágenes poéticas que escogió para narrar?
El tomar conciencia de lo que realmente hemos vivido como pueblo y el rechazo a la insistencia de la maldad que, en vez de desaparecer, ha ido creciendo con nuevas y sofisticadas modalidades, proponiendo cambios negativos en lo que ha sido y es nuestra identidad.
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